Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

jueves, 6 de marzo de 2014

Comienza nuestra Semana de Gabo, hoy día 6 de Marzo, fecha del 87 cumpleaños del gran maestro de las letras.
Y empezamos con su texto más grande. Con su obra maestra.
José Serralvo, autor que ya nos concedió en su día una entrevista, y del que ofreceremos pronto reseña, nos ha dado el privilegio de publicar este texto tan especial. Esperamos que os guste.



Lo real no imaginario en Cien Años de Soledad

Premios Nobel de Literatura y directores de la RAE, por no hablar de periodistas, profesores, blogueros, colaboradores de Wikipedia y una inacabable sarta de hiladores de palabras, llevan ya más de tres décadas desmenuzando Cien años de soledad, desmigajando lo histórico de sus historias, la personalidad de sus personajes, lo referente de sus referencias. Escriba lo que escriba, máxime desde que el mismísimo Llosa consagró dos años de su vida a viviseccionar la magnum opus de su ex-amigo colombiano, tarea que se saldó, por cierto, con el parto de un magnífico ensayo literario —Historia de un deicidio—, corro el riesgo de repetirme. Para soslayar ese riesgo, esta reseña, o mejor dicho: «reseña», va a obviar dos cosas. En primer lugar, no voy a hablarles del argumento. Seguro que Ustedes ya saben que Cien años de soledad narra las peripecias vitales de la estirpe de los Buendía, una familia de la Colombia rural cuyos avatares, que duran la friolera de media docena de generaciones —esto, así, bien hecho, olé, solo se le ocurre a Balzac, a Blasco Ibáñez y a dos o tres valientes más—, están íntimamente ligados al devenir de Macondo, una ciudad imaginaria, anclada en medio de en un poema de Nicanor Parra, con árboles imaginarios, ríos imaginarios, en lugares y tiempos imaginarios. Curiosamente, y esta será mi segunda precaución, tampoco voy a hablarles de lo real imaginario. Ya les he advertido que Llosa se encargó preciosamente de esa tarea, llevando su análisis hasta la última subdivisión posible, la de lo mágico, la de lo milagroso, la de lo mítico-legendario, la de lo fantástico. ¿Para qué repetirme? ¿Para qué hablarles del estilo impecable de Márquez, de la cantidad de veces que se molestó en echar mano del diccionario de sinónimos, si esto ya lo han hecho cientos de predecesores? Pero, entonces… ¿de qué voy a hablarles?


Llegué a Colombia en marzo de 2013, hace ahora un año. En mi baúl —esto no es una metáfora, la organización humanitaria para la que trabajo nos fleta un baúl entre Suiza y el país de destino— llevaba un par de botas para caminar por la selva, una cantimplora de aluminio, pomada para las picaduras de mosquito y, como sin duda habrán adivinado, una copia de Cien años de soledad. Releer a Márquez en Colombia, máxime cuando uno viaja, charla con guerrilleros y militares, atiende a desplazados, se adentra en resguardos indígenas y pasea por la jungla, me llevó ineludiblemente a la siguiente conclusión: Cien años de soledad es, ante todo, le pese a quien le pese, una novela sobre lo real no imaginario. (Hace cosa de ocho meses escuché a un colega decir que lo primero de lo que uno se percata al trabajar en la Colombia rural es de que, al fin y al cabo, García Márquez no tenía tanta imaginación).

Sin ánimo exhaustivo, les dejo aquí algunos ejemplos.

Mariposas amarillas

Empiezo por la experiencia más increíble. Tan extraordinaria, que casi parece mágica, o mitico-legendaria, o, si me perdonan la blasfemia, milagrosa. Y, sin embargo, es completamente real:

Una noche de septiembre pernocté en un hotelucho del municipio de Ricaurte. Andaba metido, con Márquez entre las manos y mi linternita adosada a la frente, en el berenjenal de la compañía bananera, cuando los campesinos de Cien años de soledad deciden declararse en huelga contra la empresa que les explota —unos neoliberales de dos pares de… de eso. (O unos comunistas encubiertos, quién sabe). Márquez nos presenta a Mauricio Babilonia, un simpático aprendiz de mecánica al que siempre le preceden, vaya donde vaya, un sinfín de mariposas amarillas. Cool, ¿no? Y fabuloso. O eso creí en un principio. Sin embargo, a la mañana siguiente me monté en el Land Cruiser para bajar al río Vegas y me encontré con que tras cada curva del camino, no les engaño, se lo juro, una nube de mariposas amarillas surgía de la nada y revoloteaba en torno al vehículo, como queriendo colarse por las ventanillas, que por fortuna iban cerradas. Cuando llegué al destino y me bajé del coche, que aquí, ya lo sabrán, no es ni más ni menos que un carro, yo también, como Mauricio Babilona, anduve un buen rato rodeado de las susodichas mariposas. Ahí fue cuando empecé a sospechar que, a fin de cuentas, Cien años de soledad era quizás más real que imaginaria.

El diluvio

Recordarán que, de buenas a primeras, en Macondo se hincha a llover. Llueve durante años. La madera se pudre, los animales se mueren y los esposos no pueden ir a visitar a sus queridas. Pues bien, Márquez no tomó la idea de a Biblia. La tomó de Colombia, sin más. En doce meses, he vivido dos diluvios colombianos, sin parangón con nada que haya visto anteriormente: uno en Bogotá y otro en el municipio de Barbacoas, en el departamento de Nariño. Fueron dos auténticos aquí-te-pillo-aquí-te-mato de la Naturaleza.


Aguaceros de gotas gordas, qué digo, de chorros de agua cayendo del cielo a borbotones. Para colmo de males, ambos aguaceros, largos, largos, muuuyyyy larrrrgooosssssssss, me pillaron sin paraguas y en calles plagadas de pendientes. Un tercio de las ciudades colombianas están situadas en la Cordillera de los Andes o en el llamado pie de monte, dando lugar a cascos urbanos en eterna inclinación, à la Suiza, de modo que cuando caen estos aguaceros el problema no es solo el montón de agua que el cielo derrama en un punto concreto, sino el que cae al oeste de dicho punto, y al este, y al norte, y al sur, y que va acumulándose con el montón vecino, formando ríos torrenciales, mares municipales, océanos salidos de la nada. Son estos diluvios, no otros, los que inspiraron al Nobel colombiano.



Huelgas bananeras

Váyanse a Google y tecleen «Paro Agrario Colombia 2013». Si leen algo más que el artículo de Wikipedia, verán que Márquez no exageraba ni un ápice al describir las huelgas de la compañía bananera de Macondo. Más bien al contrario: se quedó corto.

Pueblos aislados, casonas derruidas, pescaditos de oro y un tesoro escondido

Para cualquier lector urbano, Macondo parece un juego de espejos en el que solo se reflejan quimeras. Los fundadores de la ciudad atravesaron la selva para instalarse, aquí, ya llegamos, en un enclave aislado y recóndito. No había caminos, ni carreteras, ni medio de transporte alguno. Se habla, a lo sumo, de una antigua ruta marítima que más de un personaje intenta encontrar en vano y cuyo único vestigio, ambiguo, traicionero, es el casco de un velero roído por los años. Entre la familia de los Buendía, habrá quien se empeñe en romper este aislamiento construyendo una estación de ferrocarril, e incluso quien sueñe con traer un avión desde Europa para principiar una ruta de tráfico aéreo. Sea como fuere, lo importante es que Macondo se encuentra incomunicado del resto del país. Esta suerte de misantropía urbana sostiene el aura de leyenda que nimba a sus habitantes. De ahí que nadie se extrañe de las telarañas que crecen en la casa de los Buendía, y que la pobre Úrsula, matriarca de la familia, se afana en limpiar cada sesenta o setenta página. De ahí que Macondo tenga tesoros ocultos, como ese saco de monedas que Úrsula esconde y nadie encuentra. De ahí que el mayor pasatiempo del coronel Aureliano Buendía, fabricar pescaditos de oro para luego fundirlos de nuevo, parezca tan acorde con el aire de retraimiento, de misterio, de leyenda, que se respira en Macondo.

Sin embargo, estos aires de leyenda no son más que una impostura. Lo que Márquez describe, por más que le resulte totalmente ajeno a un lector medio, de Bogotá o Medellín, de Cartagena o Cali, de Barcelona, de Madrid, de Tokyo, es el pan de cada día de millones de colombiano.

Antes les hablé de Barbacoas, el pueblecillo nariñense en el que he pasado buena parte del último año. Déjenme decirles algo más acerca de este rincón selvático:

Casco urbano de Barbacoas
Barbacoas está anclado en mitad del pie de monte costero, rodeado de una tupida vegetación en cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Solo hay dos formas de acceder al casco urbano: por agua, atravesando la bahía de Tumaco, remontando luego el río Patía y accediendo a través de él al río Telembí; o bien por una trocha sin pavimentar, enlodada e infestada de boquetes y culebras. La trocha tiene, en total, unos cincuenta kilómetros, pero se necesita un mínimo de cinco horas (10 km/h) para atravesarla. Solo los vehículos todoterreno se atreven con tamaño desafío. A menudo se quedan varados en el fango, una hora, dos, tres, hasta que un camión les saca a jalones con un cabrestante. En cuanto a la ruta fluvial, el paseo cuesta la friolera de 100.000 pesos (casi 50€), una fortuna para esta población rural y empobrecida.


Sucede que, pese a su aislamiento, Barbacoas, como Macondo, atrae a los inmigrantes. Aquí no vienen a recolectar plátano, sino a trabajar como peones en alguna de las muchas minas que pululan por la zona. Los ríos de Barbacoas son ricos en oro. De hecho, el escudo del municipio está envuelto en una franja dorada y coronado por un alcanofre, herramienta tradicional en la minería de aluvión.

En la práctica, Barbacoas, como Macondo, como tantos cascos urbanos de la Colombia rural, está totalmente aislado del resto del mundo. Medio siglo de conflicto armado han dificultado la construcción de infraestructuras y convertido a los campesinos de este país en esos misántropos forzosos de los que se habla en Cien años de soledad.

Cada vez que voy a Barbacoas, me alojo en el Hotel El Dorado. Junto a la puerta, en una tienducha de ventanas oxidadas, hay un orfebre ventrudo y casi ciego. Al igual que el coronel Aureliano Buendía, se pasa las horas batiendo sus minerales, puntillándolos y creando formas fantasiosas. Por la noche desaparece. Sospecho, aunque tal vez me equivoque, que se esconde en el interior de la tienda para refundir sus creaciones y empezar de nuevo al día siguiente.

Entre sus muchos sobrenombres, Barbacoas se conoce como «la ciudad de los pianos». Según la leyenda, quién sabe si será cierto, este casco urbano nariñense fue antaño una de los municipios más prósperos del sur de Colombia. Dicen que cada casa tenía un piano, importado desde Europa, y que el primer automóvil del país entró por el Pacífico, subiendo por el Patía, por el Telembí, hasta llegar al corazón de esta región minera. Para el recién llegado, todo suena a embuste, a fabula macondiana, hasta que empieza a toparse con imponentes casonas semi-derruidas, con decrépitas fachadas coloniales de madera, ornadas y llenas de detalles, que, a punto de hundirse sobre su propia vejez, atestiguan ese misterioso pasado de fertilidad y abundancia.

Orfebre barbacoano

Sin embargo, el paralelismo más sorprendente entre Macondo y Barbacoas no es su aislamiento, ni sus casonas derruidas y pobladas de telarañas, ni sus misteriosos orfebres callejeros, sino la leyenda de sus tesoros enterrados. Recuerdo sobre todo la historia de cierta familia de comerciantes sin nombre. Al parecer, la familia en cuestión habría sido extorsionada por grupos paramilitares —la zona es uno de los epicentros de ese conflicto que desangra a Colombia desde hace medio siglo—, quienes le habrían solicitado una «vacuna». Dispuesto a evitar que su fortuna cayese en manos de, cito la leyenda, «unos huevones», el pater familias enterró tres cofres con lingotes de oro en una finca de cacao a orillas del Telembí. Poco después, el señor y sus dos hijos, los únicos que conocían la ubicación exacta del tesoro, habrían sido asesinados por los paramilitares. Desde entonces, los barbacoanos cavan sin cesar, y sin éxito, en busca de esos tres cofres. Como en Cien años de soledad, donde un Buendía llena la casa de agujeros para encontrar el saco de monedas escondido por Úrsula, Barbacoas tiene sus propias riquezas ocultas, que contrastan con esas fachadas faltas de cal, con los postigos desvencijados, con el extravío de sus ciudadanos. En esto, como en casi todo, Macondo no es un mundo imaginario, sino el eco de rincones desconocidos para el común de los mortales, inaccesibles, pero tan auténticos como estas líneas.

Guerras de Macondo

Más que ninguna otra faceta de Cien años de soledad, el conflicto armado descrito por Márquez, pese a su supuesta hiperbolización, de batallas que se entrecruzan, de soldados amigos que se enemistan, de enemigos que se respetan, de líderes que desaparecen en el Caribe, que reaparecen, que vuelven a desaparecer, con sus fusilamientos, con sus civiles ora pasivos, ora belicosos, es un fidedigno reflejo de lo que ocurre en Colombia desde hace décadas.


En Macondo, la guerra es entre liberales y conservadores. Hoy, en Colombia, quienes se enfrentan entre sí son el Estado por un lado y una retahíla de grupos armados —con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, a la cabeza— por el otro. Curiosamente, al igual que en Cien años de soledad, el conflicto interno colombiano se inició por una disputa entre liberales y conservadores. No voy a contarles toda la historia —¡quién pudiera!—, pero quédense con que, en los años 1950, una serie de disturbios internos llevó al poder al Partido Conservador, que intentó estabilizar lo inestable, ensañándose con los miembros del Partido Liberal, lo cual, a su vez, llevó a estos últimos a retraerse a las áreas rurales y dar comienzo a la lucha armada. A partir de aquí, fueron surgiendo guerrillas de izquierda, como las FARC o el Ejército de Liberación Nacional (ELN), a las que con el paso del tiempo se enfrentarían no solo el Estado, sino también grupos paramilitares —en especial las autodefensas campesinas.

Necesitaría escribir la Historia de un deicidio belicoso para darles una idea de cómo los tejemanejes macondianos se asemejan a lo que lleva medio siglo ocurriendo en Colombia. Quédense con lo principal, lo que ya les he adelantado: que esas batallas eternas, que esa población que un día no le hace caso a la guerra y otro se alza en armas en defensa de tal o cual bando, que esos amigos que se enemistan y enemigos que se respetan, que esos combatientes que desaparecen para resurgir en un país vecino, que reaparecen, que vuelven a desaparecer, son, como casi todo en Cien años de soledad, hechos reales no imaginarios.

Tratado de Neerlandia

Y, desde luego, lo menos imaginario de toda la obra de Márquez es la forma en la que numerosos procesos de paz frustrados jalonan el interminable transcurso de las hostilidades. Hace ya décadas que los gobiernos colombianos, los de verdad, los no literarios, intentan firmar la paz con los grupos guerrilleros. Andrés Pastrana, Presidente de la República entre 1998 y 2002, llegó al extremo de poner en manos de la guerrilla un territorio del tamaño de Suiza, conocido como «zona de distensión», con el fin de fomentar los diálogos de paz. No obstante, más que distender la situación, aquel experimento facilitó el rearme de la guerrilla, algo que el sucesor de Pastrana, Álvaro Uribe, se esforzó con ahínco en corregir por medio de las armas.


Negociadores de las FARC en La Habana

A día de hoy, tras medio siglo de conflicto, Colombia atraviesa su mejor oportunidad para lograr la paz. Las FARC y el gobierno de Juan Manuel Santos llevan meses negociando en La Habana. Todo el mundo sabe que un eventual acuerdo no supondrá el fin de la violencia en Colombia, ya que la guerra no es solo la causa, sino también el efecto, de los pingües beneficios que se obtienen a través del narcotráfico y la minería ilegal. (Un negocio que probablemente será retomado por grupos emergentes en caso de que sea abandonado por sus actuales beneficiarios). De hecho, la supuesta desmovilización de los paramilitares en 2005, que más que una desmovilización fue una simple metamorfosis, pues los paramilitares pasaron a congregarse en las llamadas Bandas Criminales (BACRIM), son un ejemplo de cómo la paz puede ser solo una etapa hacia nuevas formas de violencia. Sin embargo, después de medio siglo de conflicto, las negociaciones auspiciadas por Santos son la única opción para que esa Colombia rural y macondiana se acerque poco a poco a un amago de normalidad.


En Cien años de soledad, las guerras de Macondo concluyen con la firma del Tratado de Neerlandia, entre cuyos compromisos se encuentra el pago de pensiones vitalicias a los antiguos combatientes. El gobierno que rige los designios de la Colombia macondiana decide violar el tratado y postergar indefinidamente el pago de las pensiones. Este incumplimiento, adelantado por Márquez en El coronel no tiene quien le escriba, parece no afectar demasiado a la estabilidad política del país. Eso es, claro está, parte del realismo mágico de Márquez. Los guerrilleros de carne y hueso, los reales, los no imaginarios, difícilmente serán tan sumisos si, como dicen en el sur de Colombia, el gobierno opta, en última instancia, por no «colaborarles». Queda por ver si el desenlace previsto por Márquez acaba convirtiéndose en otro ejemplo de lo real imaginario, o bien, como tantos aspectos de su obra, de lo real a secas.

JOSÉ SERRALVO

5 comentarios:

  1. La leí cuando tenía 16 años. No me acuerdo de nada

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  2. Me pasa como a Pedro, hace tanto tiempo que leí este libro y con tanta ansia que debería leerlo de nuevo con la serenidad que ya me otorga la edad :)

    Bs.

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  3. Olvidarse de Cien años de soledad... En fin...

    Gracias a José Serralvo por el texto tan detallado y, a la vez, ameno.

    Besos

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  4. Una de mis novelas favoritas. Muy interesante el artículo que has compartido.
    Me quedo por aquí :) besos.

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  5. ¡Hola!
    Me ha encantado la entrada y eso que no he lo he leído todavía, de Márquez solo he disfrutado La mala hora.
    ¡Un saludo!

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